MIL MANERAS DE ENVEJECER (Lluís Francesc Peris Cancio)

Todos envejecemos. El tiempo se regala a todos por igual, pero no todos viven el pasar de los años de la misma manera. A algunos se les nota más que a otros pero, inexorablemente, cada uno de nosotros evolucionamos sin dejar de ser lo que hemos sido, añadiendo una maduración de la experiencia junto con una mayor evidencia de los límites a asumir. Es lo vivido lo que hace que no haya dos personas ancianas iguales.

Del mismo modo todos los sistemas de welfare en Europa y en América Latina están envejeciendo. En cada contexto nacional los sistemas de protección se resienten del aumento de la población anciana en relación a la población activa. Es así que se pone a prueba el vigor y la sostenibilidad de las políticas que nacieron para garantizar los derechos sociales de las personas más vulnerables. Los nuevos retos son afrontados mejor en aquellos contextos que supieron desarrollar un sólido sistema de protección, y que han sabido mantener un equilibrio. Quien supo cuidarse envejece mejor.

En Latinoamérica la transición demográfica se están produciendo rápidamente, incluso en países con un menor desarrollo económico. Los sistemas de protección social son herederos de una tradición que ofrece cobertura de ingresos monetarios tras el cese laboral pero donde la atención de las personas en situación de dependencia es mayormente dejada a la responsabilidad de las familias.

Al interno de las familias la obligación de la atención recae normalmente en la mujer, como consecuencia de la implícita atribución de un rol de cuidadora que todavía hoy es habitual en muchas culturas. Se añade a ello la constatación de que las mujeres que dedican gran parte de sus vidas a proporcionar cuidados tienen menos probabilidades de recibirlos cuando son ellas las que los requieren a causa de la falta de maduración de derechos laborales. Es necesario aplicar una perspectiva de género en la observación del envejecimiento para reconocer los elementos diferenciales en las personas… y en los sistemas del welfare.

La capacidad del soporte familiar hacia sus integrantes de mayor edad es variable ya que se ven afectados por factores de distinto tipo como son la urbanización, la reducción del tamaño de las familias, las migraciones de los adultos jóvenes, etc. Se manifiesta así un cuadro del desarrollo de los sistemas de protección social a la vejez muy variado al interno de la región. Mientras los países del cono sur del continente, con envejecimiento demográfico pronunciado, poseen extensos y antiguos sistemas de seguridad social, otros países con poblaciones muy numerosas de adultos mayores y rápido envejecimiento demográfico carecen todavía de una cobertura aceptable.

El desarrollo de servicios integrales de protección social para la cobertura del riesgo de la dependencia se hace necesario como elemento de equilibrio para la situación actual. Hasta el momento, la mayoría de los Estados latinoamericanos suelen intervenir de manera subsidiaria: ofrecen asistencia a personas mayores con dependencia solamente si carecen de soporte familiar y además disponen de insuficientes recursos económicos, excluyendo de sus prestaciones a amplios sectores de las clases medias o medias bajas que no califican para la asistencia pública. Queda un largo camino por recorrer en el desarrollo de políticas públicas que sostengan a la persona anciana para vivir manteniendo todos los vínculos afectivos aun cuando se manifiesta una situación de precarización de la salud que lo hace necesitado de asistencia.

El objetivo de la universalización en las prestaciones se abre paso junto con un nuevo paradigma en las modalidades de implementación. Los servicios dedicados ponen en el centro los derechos de la persona adulta mayor a través de una oferta combinada que facilite mantenerle con dignidad y autonomía en su vida cotidiana. Para ello tiene en cuenta las preferencias, estilos y creencias que lo han caracterizado a lo largo de su vida anterior.

Este reto de la personalización es también el norte de los servicios dedicados en Europa, donde la orientación ha evolucionado en el último tiempo aprendiendode los propios errores y buscando horizontes más ambiciosos de calidad en la provisión de servicios.  Se reconoce a la persona anciana un protagonismo pleno en la definición de las modalidades de atención junto con su familia, allí donde es posible. Como todo proceso de incremento de la calidad, esta mejora del sistema supone inversiones que significan un esfuerzo financiero para el balance del Estado.

En este sentido el “viejo continente” nos enseña una doble naturaleza de los procesos de envejecimiento que es clave: al envejecimiento “desde arriba” consistente en el aumento en los números absolutos de la población anciana gracias a la mejora de la calidad de vida y de los avances médicos; se suma a este envejecimiento otro que definiremos “desde abajo”, determinado por la reducción progresiva de los nacimientos, aspecto particularmente evidente en los países mediterráneos.

En este segundo caso, muy relevante para el equilibrio fiscal, parecen influir variables como las mayores dificultades económicas que enfrentan las parejas jóvenes a causa de la flexibilización del mercado y de la falta de recursos para el cuidado de los niños, evidenciando la necesidad de una política de cuidados amplia y equilibrada hacia todos los sectores poblacionales de un contexto nacional, ya que no son los cambios demográficos los que influencian las políticas sociales, sino también las políticas sociales, o su carencia, las que influyen en la estructura demográfica, con las consiguientes consecuencias para su sostenibilidad.

Se desprende que la interrelación entre distintos ámbitos de las políticas públicas en una dinámica sinérgica mantiene la vitalidad del welfare en un determinado país: un mercado del trabajo inclusivo y regularizado, las políticas para el acceso a la vivienda, la buena gestión de los movimientos migratorios, la calidad y la generalización de servicios específicos para la infancia, la promoción de una sociedad activa y participativa son algunas de las “vitaminas” que un Estado necesita para mantenerse en forma en la gestión de la transición demográfica y poder garantizar unos servicios de calidad para la persona anciana. O si se prefiere,  la manera más inteligente de envejecer…